viernes, 9 de abril de 2021

TE DUELE PORQUE ES VERDAD - Parte 2

 

Abril florecía, y con él, la esperanza de quienes añoraban volver a la convulsa vida nocturna de la ciudad. Las redes sociales se inundaron de anuncios sobre eventos musicales, open beers y conciertos al aire libre, tal vez con excesivo optimismo y “con todas las medidas de seguridad”, que solo se respetaban en el papel. La pandemia obligó a las familias musicales a suspender sus encuentros; pasados trece meses de inactividad, el gremio artístico estaba convencido de que, para el público, asistir a un evento sería casi una necesidad visceral.

La agrupación de rock regresivo La Maldición Monasterial, apodada en los grupos de chateo como “La MaMo”, no era cualquier grupo. Sus integrantes eran virtuosos de sus respectivos instrumentos y, aparte de presentarse individualmente con varias agrupaciones, varios de ellos dictaban clases de música. Tenían una gran cantidad de seguidores en redes sociales y sus videos sobrepasaban las seis cifras. Pero su éxito, como todos saben (menos los músicos) no tenía nada que ver con su magistral ejecución.

El secreto de su popularidad en las redes era Julián Spinoza, mejor conocido como “Yuca”, un fornido muchacho de ojos verdes y torso esculpido, cuya cuenta personal de redes sociales era un collage de retratos sin camisa, en ocasiones con el cinto del pantalón casi en media cadera, dejando poco a la imaginación. Julián era el tercer frontman de la banda, aunque no el de mejor desempeño, el más celebrado. La alineación de ‘La MaMo’ había sufrido varios cambios de vocalista debido en parte a que su fundador, Rafael Valdés, era conocido por sus impredecibles rabietas.

El vocalista original, Pedro Heraldo, era el mejor amigo de Rafael. Formaron la banda en su primer año de universitarios. Su renuncia fue un escándalo, en especial porque ocurrió frente a testigos. La razón, diferencias irreconciliables: Rafael creía que invertir dinero y tiempo en trabajar sus propias canciones implica ejecutarlas en vivo. Pedro opinaba distinto: “Empecemos por algo conocido, hay que entusiasmar a la gente a que nos escuche, quizás el ánimo no sea el mejor pero con el tiempo los toques estarán más concurridos. Entre un par de covers, metemos una de las nuestras y estarán de tan buen ánimo que prestarán atención”.

Pocos entendían a Rafael. Pasó su adolescencia estudiando esos artificios de la música que algunos no aprecian. Escuchar esas palabras lapidarias de la boca de quien le acompañó en el nacimiento del sueño atravesaba su corazón de artista. Ya tenía suficiente dolor al ver cómo tantas bandas de trayectoria y con propuestas atractivas eran relegadas a promocionarse fuera de los medios masivos. La invasión del reggaetón con sus sonidos hipnóticos repetitivos, abuso del auto-tune y letras predecibles y vacías era una tortura diaria. Le molestaba cuando alguno de sus colegas rockeros alababa los logros de sujetos como ‘Maluko’, ‘El Porfiao’ o ‘El Minion’, cuya obscena canción Dame que te doy era sonada cada cinco minutos en el horario estelar de las emisoras.

En cambio, la música que por años trabajó junto a Pedro, las canciones que grabó con el primer equipo que sus padres le regalaron sonaban, si acaso, en las transmisiones de redes sociales de las emisoras, o en espacios radiales con locutores de buena fe, pero cuyos programas ocupaban las horas en que la mayoría del público está pegado a una letra mayúscula roja.  

Todo estalló cuando, en un pequeño evento en el conocido local Ajenjo West, Pedro se desesperó por la falta de entusiasmo de los presentes y, en el afán de salvar la noche, cometió la osadía de sentarse junto a una de las comensales que estaba de cumpleaños y decirle: “Tocaremos cualquier canción que nos pidas”. La cumpleañera pidió “De Música Ligera” y Rafael se rehusó a interpretarla. Pedro se le acercó a su amigo y le murmuró “Anda, no seas tan seco, nos pagan para complacer”, a lo cual Rafael le respondió derramándole media lata de cerveza dentro de los pantalones.

Conteniendo las ganas de romperle la cara a su amigo, Pedro se fue echando bufidos mientras Rafael observó al resto de la banda, como sabiendo que no habría objeciones. Procedió a beberse el resto de la cerveza con la que se esfumó una década de amistad y siguieron tocando. El público escuchó atento, con más temor que interés, el resto del repertorio.

El segundo vocalista de la banda había renunciado luego de que se formara una discusión en un ensayo y Rafael le arrojara un bolillo a la cara, con tal precisión que le hizo tragarse un cigarrillo encendido. Pero esta anécdota solo alimentó más el interés de docenas de jóvenes que ansiaban cantar para la agrupación más conocida en su género, o bien, que querían subirse a la estela ganadora que ya había trabajado La MaMo, o que al menos aparentaba tener.

Pero 2020 no perdonó a nadie. Los planes de grabar un álbum seguirían en una larga pausa. Ahora la única interacción en vivo eran las horas de piruetas y transmisiones en vivo que realizaban por redes sociales. Les costaba entender que el consumidor promedio no se detiene más de cinco segundos en cada ventana temporal. Para colmo, la mayoría de los comentarios eran de chicas pidiéndole a Yuca que les mandase un beso o se quitara la camisa, lo cual enojaba más al purista Rafael.  

“¿Será que la gente se concentra más en disfrutar nuestra música que en esas tonterías?” Rafael acababa de comprar todo un equipo casero para lograr el mejor sonido posible en las transmisiones, y los supuestos fans de la banda no se mostraban interesados en escuchar las nuevas canciones. Ocultaron a sus amigos cercanos, por vergüenza, su decisión de hacer negocio con una promotora que compraba reproducciones y likes, pero el efecto de “te sigo para que te sigan” no terminaba de convencer a Rafa. La aprobación digital no siempre se traduce en apoyo presencial, y la situación en el post-apocalipsis era impredecible.

De ahí que no fue sorpresa que al retomarse las actividades en vivo, los primeros locales en ofrecer sus espacios a las bandas solicitaron toques de covers y tributos, incluso algunos que jamás lo habían hecho. El Bar La Perdición, santuario obligado para todo fan de los géneros pesados o excéntricos, había sobrevivido con números rojos el cierre de casi un año, gracias a una dudosa licencia para vender comida a domicilio. Los asiduos parroquianos del sitio sabían que, cuando ibas a un evento en La Perdición, lo único que tragabas aparte de cerveza era la humareda del patio de la entrada.

- “¡Bro, tenemos que tocar donde sea y como sea!”, la impaciencia de Yuca era justificada, siempre había vivido de su belleza y encanto, excusa perfecta para no superarse. Había perdido su trabajo de bartender y sus días se limitaron a vivir apoyado por su novia de turno, escuchar a sus vecinos discutir y hacer dinero de muchas formas, ninguna con la mínima seriedad ni disciplina. Trabajar en un bar le representaba buenas propinas a punta de presentaciones improvisadas con striptease incluido en las noches de chicas, y le daba una perspectiva tranquilizadora escuchar los desahogos personales de los asiduos clientes. Solo en tarima se sentía importante. Fuera de ese entorno, se quedaba solo junto a sus inseguridades.

Rafael, notablemente decepcionado, leyó el correo del dueño de La Perdición: “Nos están ofreciendo hacer un tributo a las grandes bandas del rock en español. Qué falta de respeto”. No obstante, el resto de la banda se entusiasmó con la idea: no habían tocado en vivo en meses, aparte les ofrecían un pago aceptable y no tendrían que llevar equipo ni pagar sonidista.

Yuca presionó al atribulado Rafael: “¿Tienes alguna idea mejor? Hemos hecho cincuenta eventos en vivo por redes, ¿Para qué? ¿Dónde perdura eso? ¿Quién lo registra? La gente se conecta y en treinta segundos desliza al siguiente rectángulo. Estamos botando tiempo en lo efímero. Yo no quiero ser efímero, quiero permanecer”.

- “Y tocando covers vamos a permanecer? ¡Ese es el problema con este país! Cada músico monstruo* con experiencia y talento parece estar más interesado en hacer tributos a sus ídolos en vez de compartir su propio material. Que el único rock nacional se hizo en los noventa, que como hace calor la gente escucha salsa, que la gente no se sabe mis canciones… cómo se las van a saber si no las tocan?”

- “Este no es el momento para tus exquisiteces de purista, Rafa. Eso es lo que hay. Empecemos por algo conocido, hay que entusiasmar a la gente a que nos escuche, quizás el ánimo no sea el mejor pero con el tiempo los toques estarán más concurridos. Entre un par de covers, metemos una de las nuestras y estarán de tan buen ánimo que prestarán atención”.

Rafael se estremeció de miedo al ver el loop en el que se había estancado su proyecto. Pensó en responderle y confesarle que estaba fastidiado de que su banda, el sueño de su vida, estuviese conformada por virtuosos que tenían más éxito en los tributos que en sus presentaciones originales. Pensó en pelearle que ellos se merecían algo más que entretener a una horda de hipsters consumistas, que llenaban sus noches de ocio de los jueves convirtiendo en rocolas a las mejores cuerdas, voces y percusión que jamás tendrían frente a su nariz. Pensó en cómo la ausencia de eventos en vivo era la oportunidad perfecta para exponer su propio material y crear así una huella emocional en la memoria de los asistentes, con la primera canción en vivo que escuchasen tras la pandemia.

Pero sobre todo, pensó en la fría puñalada que sintió al ver, en horario estelar, un programa de televisión con presentaciones musicales de bandas locales veteranas. No lo podía creer. Junto a una de ellas estaba Pedro Heraldo, ahora apodado “Pichifrío”, cantando covers de rock en inglés. La imagen de Pedro mirando a la cámara parecía perseguirlo, como burlándose de su dilema. La sal en la herida era saber que todos esos músicos recibirían una jugosa remuneración por traicionar su identidad artística para hacer más cómoda la cuarentena de los fieles clientes de la marca cervecera patrocinadora del programa.


(Continuará…)

domingo, 28 de marzo de 2021

TE DUELE PORQUE ES VERDAD - PARTE 1

Relato ficticio. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia. 

“¡Prepárense que pronto nos reunimos!”. La falsa sensación de seguridad impulsó a Juan Solfeo, distinguido músico del patio, a convocar a sus compañeros de banda para volver a los ensayos y eventualmente, al estudio de grabación. Desconocía la fecha probable de reapertura, pero seguía las estadísticas diarias como el que espera que madure un aguacate. Sentía cada vez más cerca el día en el que se anunciara, a través de todos los canales de televisión y estaciones de radio que la comunidad artística, como trabajadores esenciales en la misión de alejar a las personas de la depresión de la cuarentena, debían regresar a sus actividades, por el bien de la sociedad.

La sala de ensayos anunció su reapertura. Reservaron un viernes para practicar, camino al lugar, Juan temblaba de emoción a bordo de su vehículo. Su banda de rock regresivo, Los Tremátodes, estrenaría su nuevo sencillo en dos meses. Los restaurantes y negocios de entretenimiento volvían a recibir clientes; la consecuencia natural, pensó, sería que convocaran a los artistas a amenizar el lúgubre ambiente de comensales enmascarados para que ofrecieran una necesaria distracción, distinta a las salas de cine, que abrieron de forma paralela. “La música es más importante que las películas”, pensó Juan. “Las películas se pueden ver en casa, la música en vivo no se compara”.

A los dos días apareció un mensaje en el buzón de Los Tremátodes. El dueño de un reconocido bar/restaurante les invitaba a presentarse en dos semanas. Cuando Juan consultó sobre el pago, le respondieron: “Acá les ponemos todo y pueden comer y beber algo sabroso”. No importa, pensó Juan. Los negocios seguían en fase de recuperación, algunos sobreviviendo con la mínima cantidad de personal, pero adaptándose, con entereza, a la confusión en los comunicados de las autoridades sanitarias. Ya vendrían otros eventos donde podrían cobrar. Sus ocho años de artista profesional le enseñaron a lidiar con toda clase de situaciones.

Al día siguiente, compartió la buena noticia a sus camaradas. Estaban emocionados de volver a pisar una tarima. “El dinero no importa, lo importante es volver a tocar”, concordaron al unísono. Prepararon su material publicitario y colmaron todos sus grupos de chat con invitaciones, recibiendo los típicos emoticons de aprobación que entre “bruhs” se suelen compartir sin mayor profundidad. Uno de sus bienintencionados colegas comentó: “¡Qué bien! la próxima semana se presenta el reggaetonero El Minion en ese mismo sitio. Aprovecha que ese día sí va a estar lleno e invita a la gente”.

Juan se confundió pero no guardó rencores. Sabía que El Minion nunca se presentaba sin cobrar. Conocía a su manejador y había participado en varios eventos donde él se presentaba. Prefirió olvidar el detalle y siguió enviando cadenas de texto a sus contactos, los mismos de siempre: los que les dan “Me gusta” a sus videos antes de verlos o comentan lo “brutal” que suena la canción, pero no la comparten, por pasar más tiempo discutiendo la superioridad de los dioses de la guitarra escandinava.

Quedaba una semana para la presentación. Los Tremátodes se reunieron a ensayar y publicaron, individualmente a la misma hora, una foto con la portadilla del sencillo Te Duele Porque Es Verdad, cuya grabación postergaron hasta pasada la cuarentena. Durante los meses de inactividad acumularon frustración inherente a la desconexión. El baterista, Luis Corchea, en especial. Todos podían ensayar sin mayor dificultad, excepto él. Como purista de la percusión, detestaba la idea de usar un instrumento digital, bromeando con su banda: “Tocar ese cachivache es como hacer el amor con un robot. No sudas igual”. Llevaban veinte minutos corrigiendo el “copy” antes de subirlo a las redes y y discutiendo sobre los hashtags adecuados para la publicación. “¡Qué importa la ortografía o la foto, Juan! Te ahogas tú solo en vainas insignificantes”.

Jaime Fusa, por su parte, abrazaba su bajo y tratando de mantener ligero el ambiente, comentó: “Todo está volviendo. La Maldición Monasterial se presentará el mismo día que nosotros, pero en el Bar La Perdición”. Juan no podía creerlo. La “MaMo” también era una banda de regresivo y su vocalista, a quien todos llamaban “Yuca” era conocido por ostentar su marcada musculatura, al tocar con el torso descubierto hasta el pubis, mostrando también, para deleite de las fans, sus pezones perforados. Juan y su banda los apoyaron en cada nuevo paso que daban, salvándolos incluso de que cayesen en la estafa de una agencia bruja que ofrecía paquetes de reproducciones de videos y seguidores para las cuentas, una especie de “te seguimos para que te sigan”.

Los Tremátodes habían pasado todo el 2020 levantándoles los ánimos y compartiéndoles ideas sobre nueva mercancía promocional. Ahora ellos tenían más seguidores, más reproducciones y pasaban buena parte de la semana subiendo bufonadas a Noq Noq, la red de videos mudos para el consumidor impaciente. La decisión lógica hubiese sido que organizaran un evento juntos y así repartirse los gastos, ampliar la difusión y atraer más público dispuesto a pagar su entrada. Su falta de solidaridad lo desanimó. No podía creer que Yuca no les informara antes de anunciar la actividad.

Juan se forzó a digerir su enojo, decidió apoyar a sus hermanos musicales y pidió que le enviasen la volante del evento, para darle promoción también. Abrió el archivo y se quedó frío. Después de meses de regalarles su tiempo y consejos, de prestarle sus equipos y compartirles sus contactos de prensa y cotizados medios digitales extranjeros, el choque de horario con ambos eventos era ahora un detalle minúsculo.

El primer evento en vivo de “La MaMo” después de un año de ausencia, era un tributo a bandas de rock en español.

(Continuará…)

jueves, 31 de diciembre de 2020

MIL PALABRAS DE GRATITUD - Interludio para cerrar el F!ck 2020

 Querido artista:

Probablemente no hayas notado que mi página web está “en reconstrucción”. No se trata de algo negativo ni trágico. Estamos en fase de renovación. Al igual que la comunidad musical que, por dos años ha sido parte de mi nueva vida, mi proyecto Adulterio Creativo está en una obligada pausa, dado que nuestros planes se fueron a la misma coladera que los sueños y eventos de muchos para este año.

La vida es eso que sucede mientras estás haciendo planes. Nada más cierto en estas circunstancias. Sentirnos faltos de control sobre una situación ajena a nuestro entendimiento y voluntad es una poderosa forma en la que el destino nos recuerda lo pequeños que somos frente a la inmensidad del universo, y la infinita variedad de desenlaces que el futuro nos puede arrojar. Nadie es dueño absoluto de su destino, y aunque la ciencia y el saber nos dan un mapa en el que transitar un paso a la vez, con incontables tropiezos, ninguno de nosotros podría haber predicho el estado de cosas en el que nos encontramos.  

La angustia nos embarga a todos en un altibajo de emociones. En mi caso, puedo compartirte que parte de lo que me ha mantenido a flote, es el esfuerzo que tú has hecho por crear algo hermoso en medio de lo terrible. Tu música fue parte de mi vida, tu live session, tu nuevo video desde casa donde interpretaste esa canción tuya que tanto me agrada, tu sonrisa en la ventana de la transmisión en vivo, el sentimiento que le diste a tu interpretación en ese evento al que asististe con algo de temor, pero convencido que tu presencia aportaría una nueva brisa de esperanza. Todos esos esfuerzos no pasan desapercibidos. Los artistas han sido el brillo en el vacío de esta larga noche. 


Foto: MssPraxx @ El Sótano. Dic 2018.


Puede que este mensaje parezca una cadena. No lo es. Hoy, 31 de diciembre, mi sitio web se encuentra temporalmente desconectado, gestando la nueva fase de este proyecto que siempre ha tenido un solo motor: la empatía. Y al igual que tú no dejas de ser músico porque no puedas presentarte o ir a un estudio, mi mundo tampoco se acaba; mi afán por escribir no se detiene porque no tenga un blog disponible en este momento, soy escritora hasta si se acaba el papel, así como tú eres músico aunque solo tengas tu voz, tu guitarra o tu teclado (o el pupitre de tu escuela). Por dos años, las historias que he conocido a través de las invaluables conversaciones con artistas como tú me han dado una nueva motivación. Así como has hecho de tripas corazón para seguir sonando desde casa, no me quita nada seguir escribiendo a través de un sitio gratuito.

Tal vez no conoces la razón por la cual una escritora que no toca ni una lata se interesa tanto por convivir con músicos y escucharlos. Ser artista ya es un reto. Entiendo lo que duele no poder concretar una publicación por falta de recursos, comprendo la forma en que los colegas de trabajo te miran cuando te preguntan si sigues "en lo de la música", y siento como propias las frustraciones y enfados que conllevan trabajar en un proyecto artístico mientras la vida te exige que atiendas los compromisos de mortal. Sé lo que cuesta que la gente considere el arte como algo serio y profesional, y siento tu dolor cuando te esmeras por organizar un evento y luego no lograr la concurrencia esperada. A diferencia de ser músico, escribir es un trabajo solitario, por eso me siento en casa cuando he sido invitada a un ensayo, cual mosca en la pared, y me deleito leyendo el lenguaje no verbal, traduciendo las onomatopeyas (tupa tupa, kerrang, pararam pararam, etc…) y, sobre todo, observando el fulgor en los ojos de cada integrante de una banda cuando todo suena “brutal”.

Mi proyecto Adulterio Creativo nació en junio 2018. Vivía a dos calles de Hangar 18 y nunca me dio curiosidad por asistir. Solo Dios sabe cuántos momentos gloriosos me perdí. Luego de años de no acercarme a un evento musical en vivo, revivió en mí la necesidad de percibir el retumbo del bombo en mis huesos. Escuchar música en vivo es una experiencia sin parangón. Las bandas que escuché aquella noche ya se separaron, pero la memoria de esa llama que volvió a encenderse en mí permanece. Es gracias a la música, a tu música, y al lado humano que me compartiste sobre la experiencia de ser artista, que recuperé la fe en que valía la pena seguir en esta locura de escribir.

Es gracias a ti que no tengo espacios para derrotismos ni pataletas públicas. Tu amor por el arte me contagia, no gasto los años que me quedan en conversaciones airadas en grupos de chat sobre cuánto odio a tal o cual político, no pierdo mi escaso tiempo compartiendo memes burlones ni dando diatribas para que todos sepan lo ofendida que estoy por decisiones de los poderes. No me enfrasco en una hora del día a redactar un largo escrito en Facebook sobre lo malo de la sociedad, o haciendo mock-ups que solo sirven para enterrar más el respeto que la gente les tiene a los artistas. Prefiero usar esa hora para crear y compartir cosas bellas. 

Gracias a la luz de tu arte, pienso en lo triste que sería para quienes me admiran, leer en mis redes los comentarios de un pobre ser humano gruñón, cuando lo que ansían conocer son mis nuevas creaciones. Ahora pienso en compartir lo que me apasiona y no uso la banderola de la libertad de expresión para llenar las redes del gobierno con criticadera inútil o iconitos de payaso. Para eso tengo el arte: mi desahogo, mi permiso de gritar y enojarme, tomar aire y continuar. Dios o la providencia me concedieron la capacidad de crear arte en mi corta vida, no doy eso por sentado. Sin eventos disponibles para estar con los seguidores, las redes son mi nuevo escenario: compartir veneno y burlas sería lo mismo que romperle la libreta de autógrafos a mi mayor admirador que, desde el público, me mira. 

Sea cual sea tu opinión sobre esta fan, querido artista, quiero agradecerte por haber tomado parte de tu tiempo para compartir tu talento. Recuerda que todos estamos en el mismo barco. Tanto tú como tus compañeros de batalla musical y el resto de los que nos dedicamos al arte estamos separados de la experiencia plena de compartir con el público y de rodearnos de la gente que nos entiende. Yo también extraño la experiencia en vivo. Extraño mucho tener el problema de los viernes: no poder ir a todos los toques porque todos son a la misma hora. Extraño ver la prueba de sonido y verte sonreír cuando el público canta tu canción o tu sonrisa malévola cuando se forma el melé. Recuerda que siempre se pone más oscuro cuando va a amanecer.

Gracias infinitas por tu música, por tu esfuerzo y resiliencia en la tormenta de incertidumbre. Gracias por hacer más llevadera esta larga noche.  

 MssPraxx


 

 

TE DUELE PORQUE ES VERDAD - Parte 2

  Abril florecía, y con él, la esperanza de quienes añoraban volver a la convulsa vida nocturna de la ciudad. Las redes sociales se inundaro...